[…] y donde he podido vivir tan
solitario y oculto como en el desierto más lejano, entre la muchedumbre de un
pueblo muy activo, más atento a sus asuntos propios que curioso de los de los
demás […].
Para las personas, los recuerdos son el combustible que les permite continuar viviendo. Y para el mantenimiento de la vida no importa que esos recuerdos valgan la pena o no. Son simple combustible. Anuncios de propaganda en un periódico, un libro de filosofía, una fotografía pornográfica o un fajo de billetes de diez mil yenes, si los echas al fuego, sólo son pedazos de papel. Mientras los va quemando, el fuego no piensa: "¡Oh, es Kant!", o "Esto es la edición vespertina del Yomiuri Shinbun", o ¡Buen par de tetas!". Para el fuego no son más que papelotes. Pues sucede lo mismo. Recuerdos importantes, otros que no lo son tanto, otros que no tienen ningún valor: todos, sin distinción, no son más que combustible. Y, ¿sabes? Si a mí me faltara ese combustible, si dentro de mí no hubiera esa especie de cajón de recuerdos, hace tiempo que, ¡cras!, me habría partido en dos. Y me habría muerto en cualquier rincón, tirada como un perro. Gracias a ese montón de recuerdos, valiosos o insignificantes según el momento, que van saliendo del cajón, puedo seguir viviendo, soy capaz de soportar esta pesadilla. Aunque a veces me diga a mí misma que ya no puedo más, los recuerdos me dan fuerza para seguir adelante.
El dolor no basta siempre. Hay ocasiones en que un ser humano es capaz de resistir el dolor incluso hasta bordear la muerte. Pero para todos hay algo que no puede soportarse, algo tan inaguantable que ni siquiera se puede pensar en ello. No se trata de valor ni de cobardía. Si te estás cayendo desde una gran altura, no es cobardía que te agarres a una cuerda que encuentres a tu caída. Si subes a la superficie desde el fondo de un río, no es cobardía llenar de aire los pulmones. Es sólo un instinto que no puede ser desobedecido. [...] Para ti, lo más intolerable del mundo, constituye una presión que no puedes resistir aunque te esfuerces en ello. Por eso [...] te harán hacer lo que se te pide.
No tenía dudas. Simplemente, no sabía qué es lo que debía sentir. ¿Cuáles son los síntomas? Ella no tenía dudas sobre lo que estaban haciendo, pero sí muchas preguntas. Quién les iba a decir a ellos que aquellas caricias de aquel viaje se iban a volver a repetir. Repetir una y otra vez. Caricias sinceras que adquirieron otro significado, otro valor. Aquellas sonrisas volverían a repetirse de manera indeterminada. Ella nunca olvidará esa mirada de aquel día. Y, aunque él no lo sepa, nunca olvidará lo que sintió cuando puso su brazo alrededor de ella tras aquella jugada inoportuna.
Y los días se sucedían. Y los instantes parecían querer quedarse en un bonito recuerdo. Él no estaba dispuesto a ello. Las sábanas los invitaban a vivir inolvidables horas de juegos, de amistad. No importaba el tiempo. No importaba la hora. No importaban los problemas. No importaba nada ni nadie. Sólo eran dos jóvenes adultos comportándose como adolescentes. Sólo eran dos disfrutando del instante. Quién les iba a decir a ellos que aquellas caricias de aquel viaje se iban a volver a repetir. Repetir una y otra vez. No importa, ni siquiera, de qué forma. Y qué importan los demás. Quítate la ropa. Así está bien, no dejes nada por hacer.
No tenía dudas. Y los días se sucedían. Para qué ponerle nombre, para qué ponerle adjetivo. Ella sonreía en la distancia. Ahí estaba él para que ella lo sintiera desde su ventana. Y las incógnitas se iban despejando. Equis igual a i. Las matemáticas, ciencia exacta. Y aunque deba cavar en la tierra la tumba que sé que me espera, jamás me vio nadie llorar así. ¡Que termine un momento precioso y le suceda la vulgaridad!
Quién se lo iba a decir. No importaba nada ni nadie. Y qué más dan los kilómetros que separan una orilla de la otra. La pequeña flor de loto siempre resurgirá del fondo, salvando las distancias. Y qué bonito es cuando lo consigue. Y qué maravilloso instante es aquel en el que el caudal del río disminuye en su justa medida, permitiendo que la vida continúe, pero de forma diferente. Las dos orillas ya están juntas. Estaciones más complicadas que otras, pero el río nunca se desbordará. Y qué bonito es. Nunca quise tanto a nadie en mi vida. Nunca a un ser extraño le llamé mi familia.
Qué más da si son únicamente unos personajes de libro. Qué más da si ellos existen o no. Qué más dan sus nombres, sus edades, sus aficiones.
Un alto. ¿Sabes cuando necesitas hacer un alto? Pues haz un alto. El blog te permite hacer un alto. Claro, la vida no te permite hacer un alto. Y deberías parar de repetir lo de alto. El otro día vi por la calle un chico alto. Bueno, basta. Da asco. Ver una y otra vez fotos perdidas no te va a aportar nada nuevo. Ver una y otra vez esas imágenes a lo único a lo que te lleva es a... Joder, qué emo era. Emo y delgada, hay que joderse. La virgen, qué bien disimula el negro. La nena quiere el pelo azul y llenarse de tatuajes. Total, qué sentido tiene nada. Rosa, amarillo, azul, verde y naranja. Y repetir. Pelo y subrayadores. Una y otra vez. Preciosos apuntes. Asquerosos de mierda. Como ciertas personas. Ah, perdón, que yo no soy así. Inserte aquí una sonrisa. Una sonrisa y una risa. Dios, qué hago yo con mi vida. Qué hago yo en esta carrera. Qué hago yo cagándola de semejante forma. No, mierda, espera, eso último es demasiado común. Común y personal. Acabo de hacer un chiste. El teléfono que suena todos los fines de semana con las mismas noticias. Echar de menos. Cualquier día. No, no hay que pensarlo. Gimnasio. De repente, en décimas de segundo, todo es oscuro. Todo es negro. Mierda, mierda, me desmayo. Pero sigue, puta, no pares de hacer ejercicio. Y tú no cambias. Mierda, he visto esa foto de aquella sorpresa que me diste. Bah, paso. No entender la ciudad. Cómo será el futuro. Espero que la enana no esté sufriendo. Eh, mami, es tu día.
PD: Quería una canción deprimente y me ha salido una canción muy de pu... Espera.
No sé en qué momento leerás todo esto, pero espero que entiendas todo lo que siento en estos momentos. Nervios. Tensión. Incertidumbre. Miedo no, pero sí respeto (Esto es un chiste. Ya lo entenderás). Ni siquiera puedo expresarlo. La posibilidad de poder vivir, por fin, la primera final europea. Quién sabe si conseguir verlos levantar el primer título. Ver surcar la Gabarra, no importa desde dónde.
Diecinueve de abril de dos mil doce. Veinte horas y cinco minutos hora portuguesa. Ida de semifinal de la Europa League. Sin embargo, todo comienza un dieciocho de abril unos cientos de kilómetros más al norte de Lisboa.
Lluvia, frío, viento. Clases, mochilas. Últimos detalles, últimos pensamientos. Es una locura. Bajar y subir, subir y bajar, sin parar. ¿Llaves? ¿Dinero? ¿Todo? Dios, no puede ser verdad. Correr, correr, correr. La estación no se va a mover, pero qué importa. Billete en mano y espera. Larga espera. Chica mojada, ya ni siquiera sabe en qué sentido, que no para de esbozar una sonrisa. De fondo, el tren al fin, ese sonido que tantas veces había oído sin escuchar. Un viaje que ahora ni siquiera recuerda. Está todo demasiado borroso. Pero todo llega y todo se acaba. Un pagafantas y un coche algo destartalado a las 18:10 en una horrible ciudad de algún lugar del mundo. Diluvio. Compras. Escaleras, escaleras, escaleras. Ahí están. Camiseta en sus manos, camiseta sobre su cuerpo. Y no se lo puede creer. Sigue sin hacerlo. No, el ticket no era necesario. Muchas sonrisas. Su mundo encerrado en sus manos. Juguetes. Coches, espadas. Bebés. Piscinas, perros, comida.
En marcha, gordo. La lluvia sigue cayendo. Música buena y bonita (vale, barata). Al otro lado del teléfono, incredulidad, miedo y alegría a partes iguales. Las estatuas borrosas. A veces, ni eso. Ya sabes. Primer helado del año. Brisa marina. Dos personas muy maduras que comen helado sentados en un banco, sin moverse, con servilletas sobre sus rodillas. Ya sabes. Hablan sobre filosofía, política, economía. Ni siquiera se bromea con un baño en el mar. Las personas eruditas no hacen eso. Ninguno de los dos se mancha. Luego, caminan en línea recta, sin sobresaltos, serios y correctos, unos metros. De la misma forma vuelven al coche, camino a casa. Son todo un ejemplo.
Se muere. Me muero. No está preparada. Joder, no estoy lista. Enséñame la patita por debajo de la puerta. Y un tierra trágame. Respira. Inspira. Y, tú, cabrón, no te rías. Decía su mente. La puerta de casa se abre. Señor Frodo, arroje el anillo. Pues igual. Todo va a pasar. Todo pasó. Pero entre sorda y gorda... Jo.
Fútbol. Oh, disculpen, incluso los eruditos más eruditos, en ocasiones, desean reirse de la plebe. Comida rica. Las horas corren. Las horas duermen. Por qué. Nervios. Anda, mira, mamá, estoy entre dos hombres. Entre pijamas incómodos, chubascos, arañas y gente que arropa en la cama, a dormir. ¿Puedo decirlo? Estoy nerviosa.
Esta es la primera parte, pequeño. Perdón, sé que no te gusta que te llame así. Lo siento. Ya eres todo un hombre con esa cresta, esos tatuajes y esa ropa tan... yo. Necesito tiempo para pensar cómo explicarte lo que pasó a continuación. Por ahora sólo puedo decirte lo nerviosa que estoy por lo que puede suceder mañana. Por ahora sólo puedo adelantarte que... bueno, ya lo verás. Duerme bien. Mamá te quiere.
Pide un deseo y ponlo en tu corazón. Cualquier cosa que quieras. Todo lo que quieras. ¿Lo tienes? Bien. Ahora cree que se puede hacer realidad. Nunca sabes de dónde va a proceder el próximo milagro, el próximo recuerdo, la próxima sonrisa. El próximo deseo hecho realidad. Pero, si crees que está doblando la esquina y abres tu corazón y tu mente ante esa posibilidad, podrías conseguir lo que estabas deseando. El mundo está lleno de magia. Sólo tienes que creer en ella.
Empezamos por el final. Terminamos por el principio. No importa, el camino es el mismo. El laberinto de la vida, con su entrañable pared el destino, conduce por un estrecho camino. Las bifurcaciones son únicamente una ilusión. El principio espera al final. El desenlace casa con el inicio.
En mitad de la nada, una muchacha sin nombre observa y siente la lluvia caer sobre sus hombros. Parece que ha desaparecido sin dejar ningún rastro. ¿Y qué rastro va a dejar si nadie parece recordar su nombre? Ni siquiera ella lo hace. Éso en su mente. Sólo eso. Nada más. Todos los días parecen ser el día. Todos los momentos parecen ser los erróneos. Qué importa. No sabe nada. No sabe cómo es. No sabe cómo está.
Camina, volviendo la vista hacia atrás. No tiene infancia. Tampoco tiene presente. Quién sabe si habrá un futuro. Es el tema central de la serie. Es una de las preguntas del test que le hicieron. También es uno de los estudios de sus compañeros. Una palabra que parece estar en boca de todos. En boca de todos, menos en la suya. Su cerebro no consigue eliminar la enemistad con la insignificante parte del cuerpo. Ella lo intenta. Está aprendiendo a hablar. Vocabulario extenso, vocabulario necesario. Pero esa palabra es impronunciable. Y, si es inaudible, no existe. ¿No es eso lo que dicen?
Observa, mira. Piensa, calla. Ella no existe para ellos. Ellos tampoco para ella. Se engaña con palabras positivas, pero sabe que no los necesita. ¿Qué importa en lo que ella se refugie? Él no puede verla, no puede sentirla, no puede abrazarla. Ella, entre sábanas, sólo puede preguntarse qué habrá hecho con todo. Sólo puede recordarse una y una vez lo vivido. Aquel día que él emitía una sonrisa tranquilizadora salpicado de sangre mientras ella lloraba por él. Aquel comienzo y aquel final, mientras ella, una vez más, lloraba ante él. Era vulnerable. Sonrisa tranquilizadora. ¿Dónde estás ahora, eh? ¿Dónde está esa sonrisa? ¿Dónde están todas aquellas promesas?
Y esas palabras que no paran de recorrer nuestro cerebro, que incluso llegan a posarse sobre nuestra lengua, mueren con la abertura de nuestra boca, en la hiriente cama de nuestros labios.
Es la historia más vieja del mundo. Un día tienes diecisiete años y estás planeando lo que serás algún día. Y, entonces, de repente y sin que te des cuenta, algún día es hoy. Y luego algún día es ayer. Y ésta es tu vida.